Se trata de uno de los libros más singulares y perturbadores de Bellatin: un territorio narrativo donde el dolor se enseña, se representa y se institucionaliza como si fuera una disciplina más: escuelas, teatrillos étnicos, rituales domésticos y ceremonias cotidianas conviven en fragmentos breves que, pieza a pieza, van armando una totalidad tan inquietante como hipnótica.
Con la prosa seca, precisa y desconcertante que caracteriza a Bellatin, este libro construye un mundo propio —a medio camino entre la fábula, el ensayo ficticio y la crónica imposible— donde la crueldad y la ternura, lo doméstico y lo monstruoso, se entrelazan sin que el lector pueda anticipar hacia dónde lo llevará cada nueva pieza.





